¿Que opciones existen ante el problema catalán?

El problema catalán, que como ya comenté es fundamentalmente cómo afrontar el nacionalismo, es ahora mismo el centro de todos los problemas de España. Ya se intuía años atrás lo que sucedería, pero se dejó sin resolver y ahora ya ha explotado definitivamente y es necesario buscar una salida.

No hay ninguna solución plenamente satisfactoria para los dos partes, pero si hay tres opciones aplicables para desbloquear la situación actual. Pero antes de proponerlas, conviene aclarar que la demanda principal del nacionalismo no es el poder realizar un referéndum, el llamado derecho a decidir, que no existe en ningún ordenamiento jurídico y que además genera escenarios de alta inestabilidad jurídica. Eso, solo es el vehículo para la principal demanda, que no es otra que obtener un estado independiente y reconocido.

Por su parte, la propuesta del estado central es la de mantener una Cataluña autonómica, con el estado de autogobierno actual, que es muy elevado, mejorando, si acaso, algunos aspectos.

Y evidentemente, ni el estado ni los españoles, ni muchos catalanes no independentistas, quieren una España sin Cataluña, ni los independentistas quieren otra cosa que no sea un estado plenamente soberano e independiente.

Así pues, ante esta coyuntura, más que soluciones satisfactorias solo hay tres opciones que no resuelven nada a medio y largo plazo, pero que nos llevan a otro escenario, no necesariamente mejor.

Una vez que se ha renunciado al estado actual, al statu quo, ya no se plantea como opción porque es aparentemente lo que nos ha llevado hasta aquí y no parece la mejor manera de continuar. Para aclarar este statu quo conviene indicar que Cataluña es una de las regiones con más autonomía y autogobierno del mundo, dentro de un país descentralizado, que se está recuperando de una crisis que ha afectado enormemente a todo el país. Un país, que no obstante, está entre las quince potencias más fuertes e importantes del mundo, con un estado de bienestar envidiable, una democracia consolidada (según un índice reciente de ‘The Economist’ la 17ª) y con una calidad de vida por encima de la mayoría de países (el país número 16º según estudio HSBC)

Vayamos pues con las tres opciones, desde el punto de vista de España y del gobierno:

La opción primera es ceder. Esto significaría, en primera instancia, permitir hacer un referéndum de autodeterminación para solo Cataluña. Esa consulta, de ser vinculante, obligaría a cambiar las leyes, fundamentalmente la Constitución. Sería una reforma compleja. Ya no por la capacidad o no de convocar un referéndum,  sino porque para convocarlo habría que eliminar lo concerniente a la soberanía nacional, en tanto en cuanto, se permitiría solo a una parte del territorio opinar sobre el futuro de España.

Si ya esta parte resulta muy complicada desde el punto de vista jurídico, una hipotética independencia fruto del propio referéndum, nos abocaría a un escenario sumamente complejo. En primer lugar, hay que considerar que en todo caso, ante ese SÍ, un número muy elevado de personas, que da igual si es un 25%, un 30% o un 45%, viviría en un país que no considerarían el suyo. Hablo de millones de personas que se sienten españoles, que de pronto serían ciudadanos de un país distinto de España. A todos ellos se les hurtaría la posibilidad de vivir como hasta ahora, en la España que se ha construido entre todos. Serían personas posiblemente que adquirirían la condición de ciudadanos de segunda, no identificados con la independencia y con dificultades serias de adaptación. Muchos de ellos renunciarían a formar parte del nuevo estado y emigrarían a otras regiones de España, tal y como ha sucedido en otros procesos de independencia.

Al resto de españoles, ni más ni menos que 40 millones de personas, se nos hurtaría la posibilidad de disfrutar de una antigua región de nuestro país, Cataluña. Para miles de personas que veranean, viven en esa comunidad, viajan allí o tienen negocios, intereses o propiedades, supondría un gran agravio. Se establecería una frontera, una moneda diferente, y sí, también un idioma, que si bien ahora es compartido con el castellano, sería primera y única lengua. En una Europa de libre mercado, sin fronteras y con el euro, sería una situación complicada.

Pero lo más curioso es que en ese escenario, el nuevo estado catalán tendría un gran problema con ese nutrido grupo de personas que se seguirían sintiendo españoles. Votarían a un partido político españolista (si se permiten), pedirían leyes para los españoles, y en resumidas cuentas harían el mismo papel que han realizado hasta ahora los independentistas en España. Y abogarían por el mismo derecho a decidir (que no está recogido en las nuevas leyes catalanas, por cierto) invocado hasta ahora. Pero con la ventaja de estar apoyados por un país de 40 millones de habitantes, que probablemente tendría unas relaciones complicadas con el nuevo estado catalán. Un nuevo conflicto a la vista, sin duda, quizá incluso mucho más agravado que el actual, por cuanto supone  de enfrentamiento entre dos países, teniendo uno de ellos una parte de la población que se identifica con el país contrario.

En ese escenario, estamos ante un nuevo país, un país dividido como mínimo con un 30 o 40% en contra de la decisión, no como los recientemente independizados, Kosovo o Eslovenia, con una clarísima mayoría independentista. No podemos olvidar que en ambos casos existían amplísimas mayorías. En el caso kosovar era un conflicto de origen étnico, con más del 90% de etnia albanesa, mientras que en el caso esloveno, también existía una mayoría étnica evidente. Hablamos en ambos casos de dos países con grandes diferencias entre etnias, producto de uniones previas artificales, tanto en este caso de Yugoslavia, como en las múltiples escisiones producidas con la Unión Soviética. Territorios que habían sido independientes o que formaban distintos Imperios y que luego fueron unidos por criterios políticos.

Esa situación se agravaría, teniendo en cuenta que el nuevo país tendría serias dificultades económicas, como se ha documentado recientemente, con la desafectación de gran parte de la población, privada de su anterior estatus derivado de vivir dentro de un país europeo con un potente estado de bienestar.

Cuando se habla de la vía eslovena, se olvida con frecuencia que hubo una guerra, aunque no de alta intensidad, más que nada porque el gobierno central tenía múltiples frentes abiertos ante la disolución de toda Yugoslavia. Y también se olvida que había un sentimiento mayoritario (no un 48% como en Cataluña).

La opción de hacer un referéndum no vinculante nos devuelve a cualquiera de las opciones aquí planteadas y no tiene sentido, puesto que los independentistas al final buscan un vehículo legal y vinculante. Si saliese un SI estaríamos ante el escenario planteado. Y la opción de que saliese un NO tiene la trampa de crear un precedente, que obligaría en el futuro a realizar otra consulta, como ha pasado con Quebec y Escocia. En todo caso, un referéndum con un NO como respuesta sería una solución de corto plazo, que no resuelve nada a futuro y que además conlleva un gigantesco problema jurídico, como se ha explicado ante la necesidad de reformar la constitución

Y la solución de un referéndum sobre Cataluña en toda España ni se plantea por los independentistas y por tanto su exigencia de un referéndum solo en Cataluña seguiría en vigor. Dicho escenario habría sido una posible solución si desde el Gobierno se hubiese explicado con claridad que la soberanía sobre Cataluña es compartida por todos los españoles, y que por tanto, el denominado derecho a decidir, si existiese, sería de todos los habitantes de España.

La segunda opción es la de negociar. Eso significaría que el Gobierno de España y el de la Generalidad se reunirían para explorar nuevas soluciones. No se buscaría la independencia ni mantener el estado autonómico actual sino una situación intermedia, que pasaría por convencer o seducir a los nacionalistas a través de nuevas concesiones. Lo he denominado negociar porque los secesionistas renunciarían a su estado independiente y el Gobierno al statu quo actual, aunque no dejaría de suponer una nueva concesión, que al final redunda en beneficio del objetivo final del independentismo, que es tener una nación totalmente autónoma e independiente.

Para entender las dificultades de este punto, es necesario comprender que hasta ahora siempre se ha cedido, realizando numerosas concesiones. Y es así, desde antes incluso de la Constitución. Cada uno de los golpes de estado perpetrados por el nacionalismo catalán han conseguido nuevas prebendas y privilegios. Si su objetivo final era o no la independencia da igual, porque en todo caso, al final conseguían una situación ventajosa respecto al punto de partida.

Conviene entender muy bien este punto, porque si hemos llegado hasta aquí ha sido porque en la situación actual de autogobierno de Cataluña es realmente difícil para el Estado Central seguir cediendo competencias sin vulnerar la propia Constitución y el propio concepto de estado central. Eso fue básicamente lo que ocurrió con el Estatut, una cesión por parte del gobierno de entonces, presidido por Zapatero, que el Tribunal Constitucional consideró que vulneraba la propia Constitución. La aprobación de ese Estatuto, tal y como estaba concebido al inicio, creaba casi de facto un estado propio, donde por ejemplo, el catalán era la primera lengua y donde Cataluña tenía una serie de atribuciones en materia de Justicia y Hacienda que vulneraban las propias competencias del estado central.

Pero ese fue el detonante final, al que se llegó por pequeñas y grandes concesiones de todos los gobiernos previos. Es más, la Constitución del 78 es un ejercicio gigantesco de cesión, especialmente a vascos y catalanes, con el fin de encontrar un marco jurídico nuevo en el que se sintiesen cómodos para evitar episodios del pasado (y del presente). Con tal fin, se constituyó un estado de las autonomías novedoso, desarrollando competencias y creando el título VIII, de la organización territorial, que estaba pensado en gran parte para encajar a esos dos territorios, históricamente conflictivos.

A partir de esa gran cesión, que fue la Constitución, los diversos gobiernos, empujados por una ley electoral que da mucha fuerza a partidos que son esencialmente territoriales, muchos de ellos nacionalistas, cedieron legislatura tras legislatura. Todas esas renuncias tenían como fin para el gobierno, el poder gobernar con un socio estable, pero para el gobierno catalán (y el vasco), el obtener más autodeterminación y autonomía, hasta parecerse a un estado independiente.

Ese objetivo final de lograr un estado independiente se intentaría lograr por la vía legal, con el transcurso del tiempo, aprovechando la situación ventajosa, pidiendo más y más competencias. El problema es que llegados a un determinado punto, el estado central difícilmente puede ceder mucho más y los nacionalistas difícilmente pueden obtener más sin crear un conflicto como el actual.  Solamente la creación de su propio estado les otorga más competencias. Se trata de alguna manera de un punto no retorno para ambas partes, donde cualquier paso en la negociación que vaya más allá, significa una renuncia de los propios principios: bien el principio de independencia y estado propio, o bien el principio de soberanía nacional y estado central.

Así pues, si la negociación es una solución lo sería de manera temporal, una cesión de ambas partes, sumamente compleja, hasta que ambos intereses vuelvan a chocar. Y eso será porque el margen de cesión es muy bajo, a no ser que se cree un nuevo marco constitucional, que es lo que propone por ejemplo el PSOE, con la reforma federal. Esa opción, que no está concretada, entraña múltiples dificultades.

Para empezar, el denostado estado autonómico ha sido considerado en numerosas ocasiones como un modelo federal asimétrico, en donde ciertas comunidades tienen un estatus diferente al resto. Y para continuar, requiere modificar la Constitución mediante el sistema agravado y sobre todo, definir realmente el objetivo y la relación entre las distintas regiones-estados federales, que a la postre no sería muy diferente a la actual. Si se trata de ordenar el modelo competencial y clarificar las responsabilidades de cada parte, puede ser una opción, pero en todo caso, no como un estado confederado, donde ahí sí, los distintos estados disponen del derecho de autodeterminación.

La pregunta, que no se ha hecho o no se ha contestado, es si ese estado federal, que no dista tanto del modelo autonómico (falta un Senado que actúe en representación de C.C.A.A, por ejemplo), resultaría óptimo para los partidos nacionalistas y sobre todo, por cuánto tiempo.

Hay posturas intermedias y elementos que sí se pueden negociar y mejorar, y uno de ellos trata de la financiación autonómica. Ese es un tema pendiente que podría haber solucionado aspectos específicos de las Comunidades Autónomas, pero que en el caso de Cataluña solo sería una solución a corto plazo si se trata de una financiación privilegiada, tal y como la del País Vasco. Un concierto económico -que por cierto fue rechazado por Puyol en el año 1980– que podría satisfacer temporalmente a los independentistas, pero que a cambio agravaría la situación en el resto de España, con comunidades autónomas perjudicadas, y con la quiebra del principio de solidaridad. Si el problema se limitase exclusivamente a la financiación y a alguna competencia más sería relativamente sencillo de resolver. La cuestión de nuevo es hasta cuando, porque no podemos olvidar que el pacto constitucional de 1978 parecía la solución y se ha quebrado finalmente.

La opción tercera es la de enfrentar e imponer un nuevo modelo y centralizar competencias. Significa huir de las dos vías anteriores y tratar al nacionalismo, no como un actor legítimo con el que se puede dialogar, sino como un enemigo cuyo objetivo es claro: buscar la independencia, y que por tanto conlleva la liquidación de España como nación y como concepto jurídico.

Enfrentar supone renunciar en gran parte al estado autonómico, o al menos, modificar parte de su estructura. Mediante esta opción se quitarían aquellas competencias relevantes, como educación o seguridad, con el fin de evitar lo que ha ocurrido hasta la fecha, que no es otra cosa que el adoctrinamiento en las escuelas y una policía más leal al gobierno autonómico que al central.

La retirada de competencias y de otros privilegios conllevaría, sin duda, un importante conflicto social. Durante las últimas décadas, el nacionalismo ha controlado las estructuras de poder de Cataluña, y quitarle ese poder, de pronto, sería un proceso sumamente conflictivo. Y mucho más si se cuenta con el apoyo de más de dos millones de personas, dispuestas a movilizarse.

Adicionalmente, ese escenario obligaría a hacer lo propio en otras comunidades autónomas como el País Vasco, Galicia o la Comunidad Valenciana, que siguen la vía catalana, en un proceso de recentralización que tendría que ser a nivel país. Recentralizar la competencia de educación y otras competencias claves y disminuir el autogobierno de las regiones supondría asumir que el sistema de descentralización actual ha fracasado, y que solo conduce a largo plazo a un escenario final de balcanización.

Es un escenario que pretendería quitar toda legitimidad al nacionalismo, y que podría incluir, por ejemplo, la prohibición de partidos políticos cuyo objetivo sea contrario a los intereses de España, tal y como ocurre en países vecinos. Puede parecer una solución drástica, pero en Portugal los partidos políticos regionalistas están prohibidos por la constitución y en Francia se han prohibido en varias ocasiones partidos políticos que tenían objetivos secesionistas. Así se expresa en sus respectivas constituciones:

“En la República Federal de Alemania, que es un Estado-nación basado en el poder constituyente del pueblo alemán, los estados no son dueños de la constitución. Por lo tanto, no hay espacio bajo la Constitución para que los estados individuales intenten separarse. Esto viola el orden constitucional”.

En Francia, en su artículo 4 de la Constitución establece que “los partidos y agrupaciones políticas deben respetar los principios de la soberanía nacional”.

La solución portuguesa es incluso más clara. Su ley electoral prohíbe la creación de partidos de ámbito regional o local:

“No podrán constituirse partidos políticos que, por su designación o por sus objetivos programáticos, tengan índole o ámbito regional” (Artículo 9º).

Y es que el problema nacionalista es común en muchos países europeos. Todos ellos confluyen en sus constituciones en un mismo aspecto: la soberanía nacional y la indivisibilidad del territorio. Y pocos como España han dado a esos partidos y regiones tanto poder y autogobierno. Más autogobierno no ha significado una situación de mayor consenso y estabilidad, sino más bien al contrario, provocando conflictos cada vez mayores, con una constante petición de mayor autogobierno, en un problema casi circular, que ha desembocado en el conflicto actual, que tuvo hace no tanto su réplica en el País Vasco.

La solución de prohibir los nacionalismos o reducirlos, se enfrenta con el principal problema de su fuerza social e institucional. España optó por la solución de integrar a esos partidos nacionalistas dentro de un nuevo país moderno, próspero y viable económicamente. Era la solución al estado central de la dictadura de Franco, pero evidentemente esta solución no ha funcionado. Y ahora esos partidos tienen una fuerza, sino similar al propio estado central, al menos sí lo suficientemente relevante como para crear un conflicto de grandes proporciones.

Estas son, desde mi punto de vista, las tres opciones posibles. En ninguna de ellas se soluciona un problema que tiene orígenes en siglos atrás y que ha sido el gran mal de Europa y de España, el nacionalismo. Si obviamos la solución de la negociación, que no es otra cosa más que un aplazamiento de lo inevitable, las otras dos opciones suponen escenarios que en uno y otro caso deben ser drásticos. Ahora lo que toca es elegir entre las dos opciones reales y dejar de prolongar el problema: ¿ceder al nacionalismo o enfrentarlo?

En definitiva, utilizando los argumentos que da María Elvira Roca en su fabuloso libro ‘Imperiofobia y Leyenda negra’, el nacionalismo o gana y se impone, o pierde, y convierte la pérdida en agravio y en excusa para la confrontación. El nacionalismo, que se ha construido en torno a un enemigo, España, nunca ha sido capaz de construir en positivo, buscando siempre la fragmentación, como se ha observado recientemente. Esa es la gran diferencia entre patriotismo y nacionalismo, la inoculación de ese odio hacia el “país opresor”, España, calificado como Estado autoritario y policial por las autoridades nacionalistas catalanas, en un acto de propaganda en el que llevan décadas instalados.

Es momento de decidir si se sigue perdiendo la batalla, negociando y cediendo más, si se pierde de una vez por todas admitiendo el referéndum, o si se afronta que no hay solución que satisfaga al nacionalismo porque busca lo que tiene la otra parte, el poder y el control del estado. Solamente una idea final: para que gane el nacionalismo catalán tiene que perder España.

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Un cruel sueño llamado independencia

La independencia es la promesa de un mundo mejor, una tierra prometida con la que ni siquiera se atreverían a soñar los judíos que siguieron a Moisés. La independencia es un mundo ideal en el que disfrutar de lo mejor de España y eliminar lo peor. Un país maravilloso en una tierra soleada y fértil, a orillas del Mediterráneo, donde se disfruta de una rica gastronomía, un ambiente cálido y festivo y un clima benigno. Lejos quedan la corrupción y el paro y otros males endémicos españoles como la falta de apuesta de un modelo económico productivo o una educación mejorable. La independencia es el paraíso soñado.

Y como todo sueño, cuando uno despierta se encuentra con la cruda realidad. Un escenario que en ningún caso han podido evitar prestidigitadores del nivel de Puigdemont, Junqueras o Mas. Al final, la magia siempre esconde detrás un truco y cuando se desvela el público queda tan decepcionado como las imágenes que hemos visto de cientos de independentistas. Un nutrido grupo de gente apostado frente a pantallas de televisión- las mismas que no quiso autorizar Ada Colau para ver a la selección- como si fuese la final de un mundial. Nunca quedó tan cerca la comparación entre el fútbol y el éxtasis independentista. La emoción de lograr un gol o un nuevo estado independiente es equiparable al beneficio personal que conlleva para el ciudadano, es decir, algo meramente sentimental. Y en caso político, conlleva incluso un perjuicio.

Independentistas celebrando la declaración de Puigdemont. Fuente: El Español

 

Seguramente eso es lo que ha tratado de evitar con su alegato final, Puigdemont, un perjuicio mayor al ya producido. Pero llegados hasta este punto del sueño, resultaba demasiado difícil desvelar toda la verdad en el truco final y por eso han hecho esa declaración tan ambigua. Como si el mago dijese, “esto es magia, o quizá no”.

No, la independencia no era esto, era algo mucho peor. La independencia real, si alguna vez se produjese, será infinitamente peor, un desgarro social, económico y político que hemos visto en otros países. Esto es la versión ultra moderada que sucedería si seguimos este camino nefasto.

Ahora que ya algunos han despertado del sueño queda mucho que hacer. Para empezar, hay que despertar al resto y para eso se necesita mucha de la pedagogía que no se ha realizado. Desmentir todos y cada uno de los postulados engañosos de los soñadores. No, una Cataluña independiente no sería una Arcadia Feliz. Y la segunda tarea, en paralelo, será la de poner freno a los soñadores que se han atrevido a jugar con los sueños de todos, incluyendo los de millones de españoles que han vivido en una pesadilla.

En el orden que se considere conveniente, hay que aplicar las leyes y la justicia, comunicar y hacer pedagogía y restablecer el estado de las autonomías, convocando elecciones de verdad, que es donde los ciudadanos expresan sus voluntades.

España quizá no sea el país soñado pero si un país que merece la pena ser vivido. Soñemos todos con una España mejor y traslademos nuestros sueños a la realidad. Eso sí es posible, lo otro pasó de un sueño a una locura.

El problema catalán, español y europeo, el nacionalismo

El 1-O nos ha devuelto muchos atrás, a 1934 concretamente, con la declaración de independencia del gobierno catalán de entonces, con Companys, en una España que ya empezaba a dividirse en bandos. El nacionalismo fue entonces una de las mechas que encendieron todo lo demás, al igual que en el resto de Europa.

Parece mentira que más de 90 años después hayamos olvidado que el nacionalismo fue el origen de los conflictos más grandes de la historia. Un movimiento que solo necesita una situación económica y social difícil para avivar y convencer a la población.

El nacionalismo catalán se asemeja por ejemplo en el nacionalismo alemán, en el nazismo, en el aprovechamiento de una situación económica difícil del país para explotar socialmente. No podemos olvidar que Alemania en aquella época era un país completamente devaluado económicamente, con el dolar valorado en varios millones de marcos y  con una población absolutamente empobrecida tras el Tratado de Versalles y sus consecuencias. Los alemanes fueron  asimilando poco a poco el discurso de Hitler, que al principio tenía un apoyo minoritario pero que no encontró resistencia en una mayoría silenciosa que vivía con miedo las amenazas y coacciones de los grupos armados nazis.

El resto historia pero hoy nadie se atrevería a decir que la inmensa movilización social nazi justifica su proyecto de imposición de la raza al resto de pueblos. Y a pesar de ello, millones y millones de alemanes, de todas las clases sociales y económicas, siguieron a Hitler hasta casi el final. Lo hicieron en grandes y multitudinarias manifestaciones, con millones de personas alzando sus brazos y enseñando sus esvásticas con orgullo. Una masa convencida de su verdad, dispuesta a todo para luchar por su patria.

Pero antes de la guerra y del holocausto judío, que no sucedieron de la noche a la mañana, se sucedieron poco a poco una serie de hechos que se fueron instalando con normalidad en la sociedad.Fue un proceso de varios años que fue ganado el nazismo gracias a un uso perfecto de la propaganda y la educación desde las escuelas.

Y así, junto con esos elementos, primero se empezó con discursos enfervorecidos contra el enemigo exterior (los firmantes del tratado de Versalles), después se produjo el Anschuss austriaco, con los nazis en una ocupación efectiva, que eso sí, trataron de legitimar después con un plebiscito que obtuvo el 99,75% de aprobación. Y más tarde la anexión de los sudetes en la que por cierto hubo una mediación y hasta una conferencia, la de Munich, con Francia, Reino Unido y la propia alemania. Por parte de algunos políticos ingleses y franceses había incluso cierta comprensión hacia las reivindicaciones nazis.

Tras la invasión de Polonia las potencias aliadas no pudieron ya contener ni las ambiciones nazis ni a la opinión pública, harta y preocupada con los excesos alemanes. El resto es historia.

Puede sonar muy alejado aquello de la situación actual y a algunos las comparaciones excesivas, pero lo cierto es que todos los nacionalismos se comportan igual y aquello no es distinto de esto, aunque esperemos que el final sí lo sea.

Por el camino, se le podrá acusar al gobierno central, es decir, a Rajoy, de falta de diálogo o de negociación, si es que estuviese en su mano el negociar aspectos como un referéndum o una independencia, cosa que se escapa de su competencia presidencial. Pero el problema es que la acusación al otro lado, a la Generalitat es de incumplimiento flagrante de la ley. Por esa simple razón no puede existir un diálogo, porque de la misma manera que no hay diálogo posible entre  un padre y un niño, un juez y un acusado, no lo puede haber entre una Comunidad Autónoma y el Estado a la hora de cumplir una resolución del Tribunal Constitucional.

Y tampoco nos engañemos ni compremos un falso mensaje, los secesionistas no dialogaron con nadie cuando aprobaron su ley de transitoriedad, ni quisieron mediación ni tuvieron en cuenta a más de la mitad de la población catalana y al resto de España.

El resultado es la situación actual, con una España que reacciona, harta de los abusos de unos independentistas que hasta hace poco han tenido barra libre. Quizá si el estado hubiese actuado antes en Cataluña ante el incumplimiento flagrante de muchas leyes, ahora no se la saltarían cientos de personas. Por eso, el cumplimiento de la ley es tan importante en democracia, porque basta un solo ejemplo en contrario, para que el resto lo imite.

Antes de eso, hubo también inacción, no política, porque hacer política hubiera significado seguir cediendo competencias y eso con el marco actual es inviable, sino esencialmente comunicativa, porque se dieron por buenos términos equívocos y falsos, que han ganado un lugar en la opinión pública y que se han impuesto en el lenguaje. Una batalla terminológica que siempre ganaron los independentistas, primero con el España nos roba y después con el derecho a decidir. En la medida en que la ciudadanía aceptó esos términos, no como falacias argumentativas, sino entrando a valorarlo, se empezó a perder la batalla. El nuevo término introducido es el de diálogo y mediación.

Otra falacia argumentativa puesto que como se indicaba antes nunca puede existir un diálogo entre quien se salta la ley y quien tiene el deber de cumplirla. Como tampoco puede existir una mediación entre dos entes que no son iguales, siendo el Gobierno Central jerárquicamente superior a la Generalidad Catalana, actuando además en nombre de la Constitución, del propio Estatut de Cataluña y en cumplimiento de las resoluciones del Tribunal Constitucional.

Por esto mismo estoy en contra de una equidistancia que equipara las responsabilidades de Rajoy y Puigdemont.  Esa equidistancia, asumiendo algunos postulados independentistas como el derecho a decidir, las reivindicaciones del Estatut denegadas por el TC y la creencia de que Cataluña ha sido expoliada económicamente han ido calando en cierta manera en una parte de la sociedad.

No se han refutado con suficiente fuerza las mentiras del separatismo  ni se supo parar la indignación en la calle ante la sentencia del TC. Un interés por el Estatut, por cierto, que ni existía antes ni existe ahora porque la gente no tiene un conocimiento real de su contenido. La realidad es que el TC hizo lo mismo que los constituyentes en 1932, disminuir las competencias de un Estatut que iban mucho más allá de las atribuciones que le daba la propia Constitución. Por cierto, fueron modificados solamente 14 artículos aunque el PP impugnó muchos más, y posiblemente ni un 1% de los independentistas sean capaz de enumerarlos.

Bajo de la idea de un país mejor y la venta de ilusión y renovación, tan necesaria en nuestra sociedad y sobre todo tras la crisis, muchos se convirtieron al independentismo. Ese falso mensaje de una Cataluña independiente, próspera, europea, moderna e innovadora caló en parte de la sociedad de la misma manera que pudo hacerlo el mensaje nazi de un Tercer Reich glorioso. Las necesidades de olvidar un pasado en crisis y aceptar un futuro ilusionante eran las mismas en el Siglo XX que en el XXI y son la base de los populismos que ahora reviven.

Esa postverdad, ese control de la información a través de los medios es lo que ha ido inclinando la balanza durante todos estos años y es el gran reproche que se le debe hacer no solo al Gobierno, sino a la mayoría de españoles e instituciones que no han combatido este falso mensaje. Cuando se decía aquello de “que se vayan los catalanes” se equiparaba al conjunto de Cataluña con los secesionistas y se compraba el mensaje de que Cataluña es de los catalanes y no de todos los españoles. El nacionalismo se alimenta de la cobardía y se sustenta en base a mentiras que repetidas mil veces se convierten en verdades, y en muchos casos ni se han defendido con valentía determinados postulados ni se han rebatido con inteligencia determinados planteamientos absolutamente falsos.

Lo que queda ahora es la aplicación de la ley, rigurosa y determinada, un enorme conflicto social con una sociedad dividida (la catalana pero algo de la española ante la distinta visión de la realidad) y una travesía en el desierto para resolver el problema nunca resuelto en España, el nacionalismo.

Soluciones como la canadiense, negociaciones tan complejas como la llevada a cabo con la propia Constitución de 1978 no son más que parches a un problema, el nacionalismo, que lleva desangrando Europa desde que apareció y que en España no encontró solución ni siquiera de gente tan brillante como Ortega y Gasset, que solo pudo aportar como fórmula la conllevanza, y eso sí, la creación de una España mejor, que ilusione hasta a los independentistas.

Pero lo cierto es que España nunca estuvo también como durante estos 40 años y lo que es inevitable son los ciclos económicas con momentos de auge y de crisis. La necesidad de lograr una España mejor, más próspera, más educada, más solidaria también es un problema de los gobernantes y de nuestros ciudadanos, tanto los catalanes, como del resto de C.C.A.A. Y solo así, escaparemos al mal del nacionalismo, que no obstante, estará siempre acechando para buscar su momento.

 

 

 

Cuando Ortega y Gasset pronosticó el futuro de Cataluña

Han pasado 95 años desde la aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña de 1932. Casi 100 años para darnos cuenta a través de los textos de la época, especialmente del siempre lúcido Ortega y Gasset, que en realidad apenas hemos avanzado una micra, en lo que parece un problema perpetuo y eterno.  Ortega hablaba de la conllevanza:

 Pues bien, señores; yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles.

 

Digo, pues, que el problema catalán es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar; que es un problema perpetuo, que ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular y seguirá siendo mientras España subsista; que es un problema perpetuo, y que a fuer de tal, repito, sólo se puede conllevar.

De la misma manera que aquellas cortes que aprobaron el Estatuto, por cierto, modificando sustancialmente la propuesta inicial al igual que ocurriese con el reciente Estatuto del que se anularon 14 artículos, algunos similares a los de entonces. Basta repasar el discurso de Ortega para darnos cuenta de que aquello que se consideraba el problema, no se ha logrado solucionar:

Se nos ha dicho: Hay que resolver el problema catalán y hay que resolverlo de una vez para siempre, de raíz. La República fracasaría si no lograse resolver este conflicto que la monarquía no acertó a solventar.

A continuación, entraba en el fondo del problema:

 Se dirá que si queremos evitar vaguedades, lo más inmediato y concreto con que nos encontramos del problema catalán es ese proyecto de Estatuto que la Comisión nos presenta y alarga; y de él, el artículo 1º del primer título. Yo siento discrepar de los que piensan así, que piensan así por no haber caído en la cuenta de que antes de ese primer artículo del primer título hay otra cosa, para mí la más grave de todas, con la que nos encontramos.

Decía así dicho artículo 1º en su propuesta inicial, en el denominado estatuto de Nuria: “Cataluña es un Estado Autónomo dentro de la República española…” Finalmente quedó redactado tras su aprobación de la siguiente manera: “Cataluña se constituye en región autónoma dentro del Estado español. Su territorio es el de las provincias de Barcelona, Tarragona, Lérida y Gerona en el momento de aprobarse este Estatuto”.

Hablaba en la presentación de aquel estatuto de un concepto que en este momento cobra una vital importancia: la soberanía.

Yo recuerdo que una de las pocas veces que en mis discursos anteriores ludí al tema catalán fue para decir a los representantes de esta región: «No nos presentéis vuestro afán en términos de soberanía, porque entonces no nos entenderemos. Presentadlo, planteadlo en términos de autonomía». Y conste que autonomía significa, en la terminología juridicopolítica, la cesión de poderes; en principio no importa cuáles ni cuántos, con tal que quede sentado de la manera más clara e inequívoca que ninguno de esos poderes es espontáneo, nacido de sí mismo, que es, en suma, soberano, sino que el Estado lo otorga y el Estado lo retrae y a él reviene. Esto es autonomía.

Y mencionaba un artículo del Estatuto propuesto sobre el cuál no estaba de acuerdo:

Ante todo, como he dicho, es preciso traer de ese proyecto todos los residuos que en él quedan de equívocos con respecto a la soberanía; no podemos, por eso, nosotros aceptar que en él se diga: «El Poder de Cataluña emana del pueblo.» La frase nos parece perfecta, ejemplar; define exactamente nuestra teoría general política; pero no se trata sin distingos, que fueran menester, del pueblo de Cataluña aparte, sino del pueblo español, dentro del cual y con el cual convive, en la raíz, el pueblo catalán.

Ortega se posicionaba a favor en temas como la cultura o la policía, y en ambos casos ya anticipaba el problema que una cesión excesiva podría conllevar, como venimos  comprobado en estos años y especialmente en estos días:

Pretende Cataluña crear ella su cultura; a crear una cultura siempre hay derecho, por más que sea la faena no sólo difícil, sino hasta improbable; pero ciertamente que no es lícito coartar los entusiasmos hacia ello de un grupo nacional. Lo que no sería posible es que para crear esa cultura catalana se usase de los medios que el Estado español ha puesto al servicio de la cultura española, la cual es el origen dinámico, histórico, justamente del Estado español. Sería, pues, como entregar su propia raíz. Bien está, y parece lo justo, que convivan paralelamente las instituciones de enseñanza que el Estado allí tiene y las que cree, con su entusiasmo, la Generalidad.

 

¿No es cuestión delicada que coexistan –pues esta sería una de las posibles soluciones en Cataluña– dos policías? ¿No es igualmente, o más delicado, que el Estado se quede sin contacto directo, sin visión ni previsión de lo que germina y fermenta en los bajos fondos de la vida catalana y, sobre todo, en los profundos bajos fondos de la ciudad de Barcelona? Ni lo uno ni lo otro es, en efecto, deseable. Lo uno y lo otro llevan a desagradables consecuencias. Dos policías hurgando en lo mismo, con tropezones de manos distintas sobre un mismo tema oscuro, en manera alguna; una policía del Estado español teniendo que afrontar acaso situaciones graves, sin tener de ellas ningún conocimiento previo, tampoco.

Y con respecto a la propuesta original criticaba también dos aspectos también traídos en la reciente propuesta de Estatut: el orden judicial y la hacienda.

 No podemos aceptar, en cambio, que pase el orden judicial íntegro a la Generalidad; pero esto por una razón frente a la cual me extraña que pueda darse, por parte de los señores catalanes, contra razón de peso. No es la cuestión de Justicia tema que pueda servir de discusión, ni de batalla entre los hombres. Acontece así, pero no debe acontecer; es decir, que acontece sin razón. En todas partes es el movimiento que empuja a la Historia, ir haciendo homogénea la Justicia, porque sólo si es homogénea puede ser justa; no es posible que, de un lado al otro del monte, la Justicia cambie de cara; el ideal sería que la Justicia fuese, no ya sólo nacional, sino internacional, planetaria, a ser posible, sideral; que cuanto más homogénea la hagamos, más amplia la hagamos, más cerca estará de poder soñar en ser algo arecido a a Justicia misma.

Y vamos al último punto, al que se refiere a la Hacienda. No voy, naturalmente, ahora a tratar en detalle, ni formalmente, del asunto. Voy sólo a enunciar las dos normas que nos han inspirado la corrección al anteproyecto. Son dos normas, la una complementaria de la otra y que, por lo mismo, la corrige. La norma fundamental es ésta: deseamos que se entreguen a Cataluña cuantías suficientes y holgadas para poder regir y poder fomentar la vida de su pueblo dentro de los términos del Estatuto: lo hacemos no sólo con lealtad, sino con entusiasmo; pero lo que no podemos admitir es que esto se haga con detrimento de la economía española

Ortega intenta definir lo que ocurre en Cataluña a través de un concepto que aplicado hoy en día con una España democrática, perteneciente a la Union Europea y próspera, y tiene especial razón de ser:

  ¿Qué es el nacionalismo particularista? Es un sentimiento de dintorno vago, de intensidad variable, pero de tendencia sumamente clara, que se apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear ardientemente vivir aparte de los demás pueblos o colectividades. Mientras éstos anhelan lo contrario, a saber: adscribirse, integrarse, fundirse en una gran unidad histórica, en esa radical comunidad de destino que es una gran nación, esos otros pueblos sienten, por una misteriosa y fatal predisposición, el afán de quedar fuera, exentos, señeros, intactos de toda fusión, reclusos y absortos dentro de sí mismos.

Luego lo llama “señerismo” y sigue incidiendo en esta idea, hablando de que finalmente tendrá que integrarse de alguna manera. Entender aquí la incoherencia de querer separarse de España y formar a la vez parte de la Unión Europea:

 En cambio, el pueblo particularista parte, desde luego, de un sentimiento defensivo, de una extraña y terrible hiperestesia frente a todo contacto y toda fusión; es un anhelo de vivir aparte. Por eso el nacionalismo particularista podría llamarse, más expresivamente, apartismo o, en buen castellano, señerismo.
   Pero claro está que esto no puede ser. A un lado y otro de ese pueblo infusible se van formando las grandes concentraciones; quiera o no, comprende que no tiene más remedio que sumirse en alguna de ellas: Francia, España, Italia
Pero es más adelante cuando comienza abordar el mismo problema que el actual, que no todos los catalanes quieren la independencia:
Pero ahora, señores, es ineludible que precisemos un poco. Afirmar que hay en Cataluña una tendencia sentimental a vivir aparte, ¿qué quiere decir, traducido prácticamente al orden concretísimo de la política? ¿Quiere decir, por lo pronto, que todos los catalanes sientan esa tendencia? De ninguna manera. Muchos catalanes sienten y han sentido siempre la tendencia opuesta; de aquí esa disociación perdurable de la vida catalana a que yo antes me refería. Muchos, muchos catalanes quieren vivir con España. Pero los que ahora me interesan más son los otros, todos esos otros catalanes que son sinceramente catalanistas, que, en efecto, sienten ese vago anhelo de que Cataluña sea Cataluña. Mas no confundamos las cosas; no confundamos ese sentimiento, que como tal es vago y de una intensidad variadísima, con una precisa voluntad política. No, muchos catalanistas no quieren vivir aparte de España, es decir, que, aun sintiéndose muy catalanes, no aceptan la política nacionalista, ni siquiera el Estatuto, que acaso han votado. Porque esto es lo lamentable de los nacionalismos; ellos son un sentimiento, pero siempre hay alguien que se encarga de traducir ese sentimiento en concretísimas fórmulas políticas: las que a ellos, a un grupo exaltado, les parecen mejores.
Y obviamente tampoco los españoles que consideran Cataluña tan suya como Andalucía, Galicia, Canarias, Madrid o Murcia:
 Pero una vez hechas estas distinciones, que eran de importancia, reconozcamos que hay de sobra catalanes que, en efecto, quieren vivir aparte de España. Ellos son los que nos presentan el problema; ellos constituyen el llamado problema catalán, del cual yo he dicho que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar. Y ello es bien evidente; porque frente a ese sentimiento de una Cataluña que no se siente española, existe el otro sentimiento de todos los demás españoles que sienten a Cataluña como un ingrediente y trozo esencial de España, de esa gran unidad histórica, de esa radical comunidad de destino, de esfuerzos, de penas, de ilusiones, de intereses, de esplendor y de miseria, a la cual tienen puesta todos esos españoles inexorablemente su emoción y su voluntad. Si el sentimiento de los unos es respetable, no lo es menos el de los otros, y como son dos tendencias perfectamente antagónicas, no comprendo que nadie, en sus cabales, logre creer que problema de tal condición puede ser resuelto de una vez para siempre.
Y Ortega hace el ejercicio contrario, de una lucidez aplastante que no se ha comentado en la actualidad prácticamente ni se ha ponderado lo suficiente. ¿Resolvería el problema una Cataluña independiente o crearía otro aún más grave?
   Supongamos, si no, lo extremo –lo que por cierto estarían dispuestos a hacer, sin más, algunos republicanos de tiro rápido (que los hay, y de una celeridad que les promete el campeonato en cualquiera carrera a pie)–; supongamos lo extremo: que se concediera, que se otorgase a Cataluña absoluta, íntegramente, cuanto los más exacerbados postulan. ¿Habríamos resuelto el problema? En manera alguna; habríamos dejado entonces plenamente satisfecha a Cataluña, pero ipso facto habríamos dejado plenamente, mortalmente insatisfecho al resto del país. El problema renacería de sí mismo, con signo inverso, pero con una cuantía, con una violencia incalculablemente mayor; con una extensión y un impulso tales, que probablemente acabaría (¡quién sabe!) llevándose por delante el régimen. Que es muy peligroso, muy delicado hurgar en esta secreta, profunda raíz, más allá de los conceptos y más allá de los derechos, de la cual viven estas plantas que son los pueblos. ¡Tengamos cuidado al tocar en ella!
Sobre esta propuesta completa habla Ortega de utopía, considerando una solución intermedia:
  Señores, así es como yo veo el perfil de autonomía que ahora, dadas las circunstancias, las situaciones, debe otorgarse a Cataluña. Es una autonomía de figura sumamente amplia y anuncia ella una posible corrección progresiva.
   ¡Creed que es mejor un tipo de solución de esta índole que aquella pretensión utópica de soluciones radicales! La utopía es mortal, porque la vida es hallarse inexorablemente en una circunstancia determinada, en un sitio y en un lugar, y la palabra utopía significa, en cambio, no hallarse en parte alguna, lo que puede servir muy bien para definir la muerte.
Y finalmente hablaba del problema del nacionalismo y de cómo resolverlo, que a la vista de los acontecimiento actuales no ha servido de mucho, teniendo en cuenta que en estos 40 años España ha vivido su mayor prosperidad de la historia:
 Claro es que con esto no se resuelve sino aquella porción soluble del problema catalán. Queda la otra, la irreductible: el nacionalismo. ¿Cómo se puede tratar esta otra cuestión? ¡Ah! La solución de este otro problema, del nacionalismo, no es cuestión de una ley, ni de dos leyes ni siquiera de un Estatuto. El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelvan en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado, en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas. Un Estado en decadencia fomenta los nacionalismos: un Estado en buena ventura los desnutre y los reabsorbe. Tenía gran razón el señor Cambó en este punto, más razón que muchos representantes actuales de Cataluña, cuando decía que el nacionalismo catalán solo tiene su vía franca al amparo de un enorme movimiento creador histórico. El proponía lo que llamaba iberismo, y yo en punto al iberismo estoy en desacuerdo con él, pero en el sentido general tenía razón. Lo importante es movilizar a todos los pueblos españoles en una gran empresa común. Pero no hace falta nada de «iberismo»; tenemos delante la empresa, de hacer un gran Estado español. Para esto es necesario que nazca en todos nosotros lo que en casi todos ha faltado hasta aquí, lo que en ningún instante ni en nadie debió faltar: el entusiasmo constructivo.

Un héroe español llamado Ignacio Echeverría

El héroe es el que se enfrenta al peligro sin mirar hacia atrás, no necesariamente carente de miedo, más bien al contrario, siendo consciente de él, pero superándolo, con la intención de resolver una injusticia mayor, poniendo incluso en juego perder la vida propia.

Los grandes relatos de la historia fueron construidos a través de la figura del héroe. A veces ficticio y otras real, numerosas naciones inventaron incluso los nombres sobre los que basar su existencia.

En España, por nuestra amplia historia tuvimos muchos héroes, pero a partir de un determinado momento dejamos de acordarnos de ellos y prevaleció la figura del villano o del corrupto como ejemplo de lo que no debíamos ser. Tanto es así, que por el camino pensamos que podríamos no ser tan héroes como los de otras naciones. Y hasta hoy, donde se recuerda más la villanía de Fernando VII o la heroicidad del inglés Nelson, que venció a España o se admira a Napoleón, que la invadió, que el heroísmo de Blas de Lezo.

El asesinato de Ignacio Echeverría, que seguro que ha llenado de un inmenso dolor a su estupenda e íntegra familia y a sus muchos amigos, nos ha recordado, en cambio, que en España siguen existiendo los héroes. Aunque vayan vestidos de traje de oficina o de ropa de calle, y sean personas anónimas, están ahí, preparados para afrontar las injusticias.

Ignacio afrontó un peligro seguro solo con su monopatín. No sabemos cómo lo hizo ni qué pensó en ese momento, solo que decidió afrontar su miedo y resolver la injusticia de alguien que intentaba quitarle la vida a un inocente. El dramático resultado final, con el plus de incomprensión por parte de las autoridades británicas al sufrimiento que han pasado sus familiares al desconocer su paradero, no le quita ni le da más heroísmo a lo que hizo Ignacio.

Se comportó como un héroe en los minutos previos a su muerte y seguramente esa fue la actitud durante su vida al encarar otros momentos: afrontar el miedo y superarlo.

Ignacio Echevarría es un héroe español moderno, no solo por lo que hizo sino por lo que representa su acción en este escenario absurdo y vil, de terror puro. Ignacio nos ha enseñado a miles de millones que otro camino es posible, el heroísmo, la lucha contra los verdaderos villanos que tratan de imponernos sus ideas.

Mientras que nuestra tendencia natural es huir ante el miedo y esperar que otros actúen, ya sabemos que hay civiles, normales y corrientes, sin ninguna habilidad especial, con solo su coraje, y el primer objeto que tengan a mano, en este caso, el monopatín, que harán frente al terror.

No es poco ejemplo, y aunque el resultado de esta acción de gigante heroísmo sea el dolor por la pérdida de un hijo, un hermano o un amigo; para otros muchos, el resultado es también la constatación de que hay personas dispuestas a luchar contra el terror incluso poniendo su vida en juego.

En estos tiempos en los que son noticia la corrupción y la vileza, no debemos olvidar en España que también cabe el heroísmo de un chico de 39 años y la integridad y la serenidad de una familia que ha afrontado semejante pérdida y dolor con una entereza ejemplar.

Quizá, a partir de este héroe de carne y hueso podamos narrar nuestro propio relato como país. A partir de sus valores y los de su familia, construir una España valiente, íntegra, que no tenga miedo más que a las injusticias. Y así, quizá dentro de muchos años, incluso siglos, se recuerde a Ignacio Echeverría como el primer héroe español moderno, que con su ejemplo enorgulleció a toda una nación y enseñó al resto del mundo como vencer al miedo sólo con un monopatín.

D.E.P. IGNACIO ECHEVERRÍA: 3-06-2017. LONDRES. HÉROE ESPAÑOL

La La Land, una película sobre sueños

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Ciudad de estrellas, que es como se ha titulado la película en español, no es una película romántica más. Sí, se narra la historia de amor entre un hombre y una mujer, en formato musical, y con la proverbial capacidad que tiene Hollywood para hacer este tipo de películas.

Pero La La Land (los títulos no se deberían traducir al español, como tampoco los doblajes) es también una película sobre sueños y metas. En este caso, el sueño de la típica chica americana de ser actriz y de un apasionado de la música y del Jazz de montar su propio local. Una historia de sueños personales y profesionales en la que se cruza el amor inexorablemente, pero que nunca deja de hablar de sus sueños.

No deja de ser un canto a la cultura estadounidense, al sueño americano de convertirse en lo que uno quiera. Un sueño que está muy presente en la población de aquel país y que aquí nos puede parecer extraño. No nos imaginamos a muchos jóvenes españoles yéndose a Hollywood (para empezar no tenemos uno en España) a realizar el sueño de su vida. Tampoco abundan los ejemplos de emprendedores que renuncien a todo lo demás por su sueño. Y los que hay son absolutamente excepcionales.

Decía Antonio Banderas, uno de los pocos abanderados- valga la redundancia- del sueño americano, logrado por un español, que en unas estadísticas en Andalucía la mayoría decía querer ser funcionarios, mientras que en Estados Unidos una gran mayoría decía soñar con ser su propio jefe y emprender un negocio.

Esta diferencia de base, esa capacidad de soñar y de buscar ese sueño es el trasfondo de una película, que por otro lado es maravillosa. Comenzando por la música, tan importante en las películas y continuando por los actores. Ryan Gosling ha tomado el relevo de otros galanes de Hollywood y su indudable atractivo ya es un hecho. Y qué decir de Enma Stone. Seguramente tras ver la película, millones de hombres se hayan enamorado de esta mujer de 28 años con esa belleza tan excepcional y su interpretación como chica soñadora.

Una película que apuesta por la música como principal elemento conductor, más que por el paisaje, que por otra parte en Los Ángeles no es fácil de encontrar, como mencionan en la propia película. El mayor atractivo de aquella ciudad es la capacidad que tiene de soñar –City of Stars-, más que su belleza monumental o paisajística.

Pero hay pocas cosas más potentes que la capacidad de soñar. Solamente la capacidad para enamorarse. Y de ambas trata La La Land, un musical de 127 minutos a la que no le sobra ni un minuto de metraje y que te deja, no obstante, nostálgico desde el primer segundo de su fin.

La historia frente a nosotros: ¿ganará Trump?

 

La historia del mundo se ha movido por el interés de los pueblos y de las civilizaciones por encontrar su sitio y normalmente una vez logrado, expandirse. Así, la lucha por la hegemonía mundial ha sido constante. Durante siglos hemos visto la sucesión de grandes imperios, desde su creación hasta su desaparición: el imperio romano, el imperio español, el gran imperio chino o el mongol, el imperio inca o el maya.

Mediante luchas entre ellos o contra otros, o desde su propia destrucción interna por agotamiento económico y social, llegamos hasta la lucha mundial entre potencias. Eso es lo que fueron la primera y la segunda guerra mundial. La lucha por el espacio y por la hegemonía mundial. Estadounidenses, alemanes, franceses, ingleses, rusos, británicos, japoneses, turcos y chinos, a grandes rasgos las grandes potencias de los últimos tiempos, con la exclusión de una España que a finales del siglo XIX perdía toda posesión exterior y casi todo el afán por recuperar un imperio añorado.

 Los países habitualmente involucrados en las grandes guerras del Siglo XX fueron Estados Unidos, Japón, Rusia y luego el resto de Europa, con Francia, Alemania y Gran Bretaña, pero también actores secundarios como Italia o Turquía. El siglo XX encontró esa lucha total entre imperios pero también entre ideologías, con la derrota primero del fascismo y después del comunismo, ya en la segunda mitad del siglo.

 El siglo XXI y los últimos 30 años desde la caída del muro de Berlín han supuesto un avance sin precedentes en la historia. A partir de la construcción de instituciones mundiales en el siglo anterior, con una paz duradera entre las grandes potencias, se ha impuesto la globalización y un crecimiento económico sin comparación con años y décadas previas.

 El mejor ejemplo de ello ha sido la Unión Europea, que a pesar de sus múltiples dificultades y de sus avances y retrocesos, ha sido una unión de facto y un motor que ha logrado el objetivo de unir a países, otrora antagónicos, en la toma común de decisiones.

 Cuando Fukuyama pronosticó el fin de la historia debía pensar en algo como lo que efectivamente sucedió durante la primera década posterior a la caída del muro. El fin de la historia como el triunfo de la democracia liberal contra el comunismo y los nacionalismos, y el fin por tanto de la guerra entre las grandes potencias para resolver los problemas.

 A grandes rasgos, su gran premisa parecía cumplirse, hasta ahora. La democracia liberal y la economía de mercado parecían las únicas alternativas viables. El avance de la humanidad a través de los siglos hacia la modernidad y hacia el actual estado liberal parecía en su etapa final, obviando muchas de las excepciones que señalaba el propio Fukuyama, como los países africanos. Así lo definía en un párrafo:

 “El fin de la historia será un momento muy triste. La lucha por el reconocimiento, la voluntad de arriesgar la propia vida por una meta puramente abstracta, la lucha ideológica a escala mundial que exigía audacia, coraje, imaginación e idealismo, será reemplaza por el cálculo económico, la interminable resolución de problemas técnicos, la preocupación por el medio ambiente, y la satisfacción de las sofisticadas demandas de los consumidores”

 Llevamos más de 30 años desde la caída del mundo experimentando ese fin de la historia, en el cuál Europa fue cada vez más fuerte y estable, Estados Unidos colaboraba con países otrora enemigos como Rusia o China, y en definitiva las grandes instituciones mundiales promovían esa paz, ese fin, preocupados esencialmente por aspectos de índole económico.

 Y de pronto, múltiples factores parecen amenazar esa paz entre las grandes potencias. Prácticamente todas esas grandes potencias están hoy mucho más cerca que ayer de un posible gobierno populista, y por tanto, susceptible de provocar con sus políticas y con sus actitudes, posibles efectos en cadena.

 El nacionalismo como movimiento contrario al actual estado de globalización, que es la mayor representación de la democracia liberal, en tanto en cuanto, todos los sujetos pueden disponer de plena libertad económica y de información. El Brexit es el primer gran movimiento aunque solo es un síntoma más, que significa que el Reino Unido se desvincula del principal proyecto mundial de unión de los pueblos, la Unión europea.

 Los grandes países, los que históricamente han motivado los grandes cambios sociales y tecnológicos, pero también promovido las grandes guerras, parecen también despertar de su letargo de paz y armonía, y todos ellos sufren movimientos políticos internos que son bien populistas, bien de corte fascista o antieuropeos, o todo a la vez.

Surgen dentro de Europa movimientos populistas que reclaman el fin de esta Europa. Marie Lepen en Francia, Podemos en España y otros partidos en Alemania, Holanda o Italia. Todos ellos pueden confluir a la vez retroalimentándose, o poco a poco, o incluso fracasar.

Pero si mañana Trump logra la presidencia en Estados Unidos será el pistoletazo de salida para todos estos movimientos, algunos de ellos fuertemente arraigados en sus países. Porque Donald Trump refleja como pocos el populismo, demostrado en cada una de sus intervenciones, simplificando al máximo los problemas a los que se enfrenta Estados Unidos. Trump puede ser a Estados Unidos lo que Hitler fue a Alemania, un oportuno demagogo y populista que está en el momento preciso en el lugar adecuado.

La llegada de Trump rompería de golpe lo construido durante las últimas décadas y nos enfrentaría frente a un nuevo mundo desconocido. Su propuesta de un Estados Unidos aislacionista, alejado incluso de sus obligaciones con los otros países de la OTAN, puede derivar en impredecibles efectos, como bien indica este artículo. Y a nivel interno, excluyendo incluso su principal seña de identidad, la inmigración.

Y eso sería el fin del actual statuo quo. El fin de muchos años en los que se intentó construir una Europa fuerte, con Estados Unidos de policía internacional, cometiendo sin duda muchas injusticias, pero evitando por el camino políticas encaminadas a la confrontación mundial entre grandes potencias. Hasta ahora, solo parecía preocupar la posibilidad de una China que buscase la hegemonía. Y recientemente preocupaba la deriva de una Rusia liderada por un peligroso dictador, Putin.

La victoria de Hilary Clinton no asegura un mundo mejor. El mundo siempre estará repleto de injusticias, pero el mundo actual es infinitamente mejor que el vivido a mediados del siglo pasado.  Pero la elección de Hilary si evita una posibilidad nueva con escenarios reales como por un ejemplo un pacto  entre Trump-Putin,. Sería algo así como una nueva versión del pacto Ribentrop-Molotov,  que provocó que previamente a la segunda guerra mundial, Alemania y Rusia se repartiesen Polonia, y pudiesen dedicar más fuerza a otros frentes.

En el tablero actual todos los jugadore saben las reglas de la partida, siendo la fundamental la de no romper la baraja. Y a ello contribuyen, como decía arriba, las instituciones internacionales y frente a Rusia, especialmente, la OTAN.

La historia demuestra que cualquier detalle puede condicionar el futuro, incluso los más inesperados. Y desde luego un escenario con el Brexit y con Trump y varios otros gobernantes populistas en Europa, pueden desencadenar escenarios impensables.

Y entre medias está  la lucha contra el yihadismo. El Islam presenta una suerte de estado teocrático frente a la democracia Liberal. El ejemplo de Turquía como exponente de lo segundo, casi de manera excepcional entre los países árabes, presenta ahora la posibilidad de una Turquía islámica, tras los recientes acontecimientos.El terrorismo islámico pretende un mundo en contraposición al actual estado liberal y la democracia como valores superiores. No deja de ser un movimiento que ataca la democracia de igual manera que los movimientos populistas. Lo preocupante es ese cocktail.

El futuro es incierto pero la historia no. Y la historia nos demuestra que cada cierto tiempo cambia el statu quo de las naciones y se producen las guerras. Cómo y cuándo serán las siguientes, no lo sabemos. Esperemos que nunca. No sabemos cuál será el detonante, pero sí tengo claro que habrá muchas más probabilidades de que eso ocurra con gente ignorante y estúpida en los gobiernos de las principales potencias. Y sin duda, Trump es profundamente ignorante y suficientemente estúpido.

 

¿Que es real y que no lo es?

No es una pregunta filosófica sino tecnológica. Y la respuesta, que encontrarás al final del artículo, se responde con esta otra: ¿Acaso Importa?  Quizá haya que redefinir el concepto de realidad, y de eso se va a encargar la realidad virtual. La tecnología permite hoy en día algo tan asombroso como hacernos dudar de si lo que vemos es realidad o ficción

Cuando nuestros ojos no son capaces de distinguir si la imagen que vemos pertenece a un objeto físico del mundo real es cuando nos damos cuenta de la delgada línea que existe a día de hoy entre lo real y lo virtual.

Podríamos decir que lo virtual es lo que no existe ¿Lo que podemos ver, tocar y oler es lo real? ¿O acaso solo lo que podemos tocar? ¿Y lo que podemos oler? Estamos a algunos años de que  varias de estas premisas se evaporen ante los avances tecnológicos que se están logrando a marchas forzadas. Algunas investigaciones avanzan  poco a poco  para convertir olores a través de la televisión.

La realidad virtual ha comenzado a desandar el camino hacia un mundo en el que podamos interaccionar con todo nuestro entorno cómodamente desde nuestra casa u oficina. El final de ese camino sería la película de Bruce Willis, “Los Sustitutos”, en la que las personas reales viven sus vidas tumbados en cápsulas, mientras unos sustitutos robotizados viven sus vidas.

Mientras eso llega, podemos contemplar el avance de la realidad virtual en sectores como el inmobiliario, en el que algunas creaciones son tan sorprendentes que nos hacen dudar de si la realidad es tal, o es solamente algo virtual.

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Imágenes de la web: https://ue4arch.com/

Las dos fotos de arriba se corresponden con una toma de una imagen de la realidad y con una reproducción digital de ese mismo entorno. ¿Cuál corresponde con la realidad? Piénselo en 5 segundos y pruebe con esta otra imagen:

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Imágenes de la web:https://ue4arch.com/

 

Quizá el niño de la la foto derecha le de la respuesta definitiva. Pero si no estuviese ahí, las dos fotos de la izquierda pudieran ser tan reales como la propia realidad, o incluso más, en una paradoja que pudiera ser incluso absurda.

La capacidad de crear entornos reales e imágenes a través potentes motores  es un hecho que nos hace replantearnos el concepto de realidad. Pero no hablamos solamente de una infografía o un vídeo, sino de navegar por ese entorno, “físicamente”.  No se puede tocar, aunque sí interaccionar a través de dos mandos. Tampoco se puede oler –todavía-, pero se puede engañar al sentido de la vista de tal manera que es difícil saber si en realidad esa estancia existe o no.

 Este vídeo muestra un entorno de una vivienda que no existe, creado a partir de esa misma tecnología. No es una grabación de algo que existe sino una creación. Pero a la vista, todos los elementos interactúan de tal manera que habría que plantearse qué es real y que no lo es.

 Esto es solo el principio de la realidad virtual, ante un futuro repleto de apasionantes retos tecnológicos. Bienvenidos al futuro de la industria inmobiliaria.

 

Drones, ¿hacia donde vamos?

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A estas alturas todos ya sabemos ya que es un dron y algunos muchos ya habrán pilotado uno de esos pequeños drones de bajísimo coste, a modo de los antiguos coches teledirigidos. ¿Es esta la gran revolución que nos prometían?

La gran innovación de los drones ha sido la de reducir su tamaño y su coste desde los experimentales drones militares, y permitir su uso y fabricación mediante economías de escala. El gran monopolio de drones lo tiene DJI, empresa china, que ofrece los mejores drones al mejor coste.

Pero como le decía recientemente a un amigo, estamos solamente al principio, como Henry Ford cuando comercializó sus modelos T. “Le puedo ofrecer cualquier color mientras sea negro”, decía el antiguo genio norteamericano. Ahora, DJI, diría algo así como le puedo ofrecer cualquier dron mientras solamente quiera que vuele.

Hay mucho por hacer, empezando por las baterías y continuando por las funcionalidades. Pero nada que ya esté en camino. El avance en las tecnologías es exponencial y en muy poco tiempo todas esas soluciones vendrán dadas.

Y entonces, sí, los drones tendrán la capacidad de revolucionar muchos de los negocios actuales. No serán meros “helicópteros voladores” con una cámara para hacer fotos o grabar, sino que tendrán brazos robóticos para quitar o poner cosas,tendrán autonomía suficiente para volar durante un tiempo largo, total estabilidad para realizar cualquier tarea y funcionalidades que todavía ni conocemos. Serán aparatos resistentes al agua, al viento y a la torpeza humana.

Paralelamente habrá la necesidad de legislar y permitir el avance y evolución de estos aparatos. Y como  con los primeros coches, siempre habrá peligros, imprudentes y accidentes. Pero eventualmente veremos pequeñas bases de aterrizaje de vuelo de drones dentro de las ciudades. Muy posiblemente nuestros cielos estarán surcados a 100 metros de altura, por decenas de drones, programados para volar de manera autónoma.

Llevarán paquetería de aquí para allá, inspeccionarán todo tipo de infraestructuras, limpiarán incluso ventanas o como recientemente he visto, harán selfies. Puede ser incluso apropiado para lavarse los dientes, aunque por ahora solo sirva para transportar un cepillo.

A día de hoy hay empresas que ofrecen servicios varios con drones para agricultura, multimedia o de inspección, pero todavía son pocas aplicaciones para las inmensas posibilidades que ofrecen estos aparatos. Hablamos por supuesto de un futuro cercano, a pocos años. Toca esperar a ver la gran revolución prometida. Pero llegar, llegará., a no ser que llegue otra y el cielo esté surcado, en vez de drones, de coches voladoras. Pero, eso, me temo que sí está lejos de verdad.

Las dos almas de Ciudadanos

Rivera entre Rajoy y Pedro Sánchez
Rivera entre Rajoy y Pedro Sánchez

Ciudadanos, antes de ser el partido de Rivera como referente total, era un partido dividido entre dos corrientes: una liberal y otra más socialista. Dos corrientes representadas entre los padres fundadores y que a la larga provocaría una relación prácticamente irreconciliable.

 Pero mientras se dirimía la ideología del partido la verdadera alma del partido era aquella que anteponía el partido a cualquier tipo de interés nacionalista y además la que proponía un partido moderno, más cerca de Europa.

 Con esos mimbres se construyó y creció el partido, hasta llegar a Rivera, auténtico aglutinador, cabeza visible, y sí, también responsable principal del éxito actual de Ciudadanos.

 Pero hoy, el partido se enfrenta al mismo dilema de hace ya más de 10 años: ¿cuál es el alma del partido más allá de la lucha contra los nacionalismos?. Porque ese dilema se plantea una y otra vez, y no solo por el electorado sino también por los afiliados.

 Porque en contra de creencia popular, Ciudadanos no es un partido de centro derecha, tampoco de centro izquierda. Tiene tanto votantes como cargos políticos provenientes tanto del PSOE como del PP. Y muchos de UPyD, que a su vez era un partido sin definir claramente.

 Pareciera que esas dos almas tienen que existir necesariamente en un país, que aunque lo niegue Rivera una y otra vez, sí es de rojos y azules. Y la prueba más clara es que los rojos no pactan con los azules y estos tampoco con los rojos. Los morados son rojos radicalizados y los naranjas solo quieren ser naranjas, pero parece ser un color que nadie conoce. Si pactas con el PSOE eres rojo y si pactas con el PP, eres azul, y viceversa. Parece que no hay más salida que esa.

 Ya, pero ¿y si pactas con uno y con otro? ¿Acaso existe un partido que sea más de centro que ese? La clave está en demostrar que se puede apoyar a uno y a otro de la misma manera, pero siempre con las mismas condiciones, con el mismo discurso coherente. En el momento en que se opte por apoyar más a uno u otro, rápidamente se volverá a ser rojo o azul. Básicamente lo que se ha hecho con Andalucía y Madrid, pero sostenido en el tiempo.

 El drama añadido de Ciudadanos, es que a pesar del éxito de haber logrado más de 3 millones de votantes fieles, no es capaz con sus escaños de imponer nada. Es capaz de hacer algo de ruido y de condicionar en cierta manera los pactos, pero nunca de ser decisivos,. De ahí los vaivenes, pactando antes con Pedro Sánchez una investidura imposible e intentando salvar los muebles ahora con Rajoy, sin decir ni sí ni no.

 Para ser árbitro de un partido o de un conflicto, ambas partes tienen que darte esa condición, y Ciudadanos no la tiene. Y en la práctica PSOE y PP no quieren a Ciudadanos como árbitro, sino como amigo o enemigo, en función de sus intereses.

 Es por eso que la postura de Ciudadanos es tan complicada. Es un partido bisagra que en realidad no ayuda ni a abrir ni a cerrar puertas, porque ni tiene los votos ni tiene los escaños. Pretende actuar como tal y sus bases así lo demandan pero con dos posturas bien diferenciadas correspondientes a las dos almas internas del partido: la que simpatiza con el PSOE y la que lo hace con el PP.

 Para alcanzar ese estatus de árbitro lo primero que habría que hacer es creerse árbitro de verdad. Y para ello, quizá habría que empezar internamente por saber qué es Ciudadanos, más allá  de sus propuestas de reforma y de la lucha contra los nacionalismos. Definir de verdad conceptos ideológicos. Quizá lo sepan los dirigentes, pero desde luego no los afiliados y muchos menos los votantes, y sobre todo los no votantes.

 Dice un proverbio que para conocer a las personas primero hay que conocerse a uno mismo. Lo mismo aplica con Ciudadanos, para convencer a los votantes primero tiene que convencerse a sí mismo de cuál es su identidad.